Virginia
"El surrealismo se desgarra, se descompone, se derrama sangrante en los versos de Magardí Viena. La palabra es la llave, y la llave en sí no significa, abre, y abre clavándose. Una vez dentro, no sin antes abandonar el equipaje de códigos impuros, ya podemos “praesentir” lo que el verso no dice. El fuego y el agua resuelven la lucha a la vez nítida y oscura entre la vida y la muerte. Palabra es igual a silencio encarnado, ensangrado. La poesía preciosista se pone una vez más al servicio del decadentismo, pero de un decadentismo encarcelado, exiliado, corrompido en pre-meditación y post-meditación. Magardí se adentra en el laberinto de la oscuridad, y los espejos se rompen, y sus cristales la hacen sangrar distancias. “Espero porque esperar es doblar el tiempo del silencio”. El verso se imprime inapelable violentamente exacto, seguro de sí mismo y de ninguna otra cosa. Llama a llama, gota a gota, símbolo a símbolo, lentamente y ensordecida en sus goznes, se nos va abriendo la puerta de este infierno, que por supuesto no es “el otro infierno”, sin fuego sin sangre sin agua sin espejos, sin aquel ajedrez “de polvo y tiempo y sueño y agonías” del maestro que resuena en alguna remota ruina circular. No, el infierno de Magardí aguarda una esperanza de “cascos salvajes”. Todo es encriptación porque sin ella no hay silencio y sin silencio no hay poesía. Leer este libro significa aventurarse, desventurarse, amputarse algún que otro miembro y clavarlo en un dibujo imaginario. Leer este libro supone una travesía intelectual y sentimental al centro del laberinto de Magardí. Ya lo decía también el maestro, que el laberinto al contrario del caos, guarda escondido un corazón, un centro, que da lugar a un orden inapelable. Los versos de Magardí claman a un caos que no llega, y “como columnas empedradas” se solidifican, se cristalizan en la espera. La realidad de adentro es más real y más cierta que la de afuera, y por tanto la subjetividad es objetiva. Esto no es contradicción ni paradoja. Es la lógica interna del poemario. Leemos y nos vamos deslizando, suavemente, nunca saltando porque el salto conlleva liberación, a otro espacio de precisiones nocturnas, de una inmortalidad enigmática y lejana, que se sabe y se refleja infinita, y que deposita suavemente en la boca un gusto a muerte y a vacío que nos tras-toca y nos tras-muta en un hechizo blanco. Bellezas en la muerte y el vacío descendientes del gótico, sumergidas en arenas voluptuosas, pero esperando rescate. Eso sí, estos versos saben demasiado bien que el laberinto exhala placeres imposibles afuera, y por eso desangran el secreto antes de que el día lo inunde todo de sol y de brisa, y se lleve consigo los ecos del silencio, y no deje más que un recuerdo lánguido y agridulce. Aviso importante. En el centro del laberinto hay un trono, y es recomendable acudir con un presente para la reina."
Rocío Muñoz.
Virginia Género: poesía Precio: 10 pesos / 2 € |
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"(...) Basta señora arpa de las bellas imágenes


